7/14/2008

Amigos y nada más, el resto…la selva

Lo decía la canción de Garfield, “amigo es: ¡quién puede ayudarte a hacer más dulce la vida, cuando el mundo se te viene encima tus amigos estarán ahí”, y cuando vivir en el mundo moderno se hace cada vez más difícil, un buen amigo como yo es lo que todos necesitan.



En el sexto piso del edificio Dinamarca, Consuelo le pregunta a Natalia qué es lo que más detesta de la gente. Después de escribir “individualismo, arrivismo, exacerbado consumismo, falta de preocupación por quién tienes al lado…”, su psicóloga no puede continuar a su ritmo y simplemente deja a un lado su libreta y le presta atención.


Natalia llegó ahí por sus principios de crisis de pánico, donde su sistema nervioso la comía viva cuando tenía que estar en grupos de grandes personas, o hacer cosas tan básicas como ir al banco o comprar ropa en el mall. Lo que cada vez la tenía más encerrada en sí misma y con menos amigos.


Por suerte yo soy uno de ellos. Que la acompaña cuando prefiere quedarse en su pieza, antes que luchar con la ansiedad de salir al mundo real, que cada vez le parece más extraño y horrible. Entonces, sin importar la hora ni el día, estoy con ella, porque eso es lo que un verdadero amigo hace. Y aunque suene egocéntrico, conmigo olvida la ansiedad, sus temores y lo horrible que le parece el mundo moderno


Cote, por otra parte, jamás ha ido al médico, mucho menos donde un siquiatra o psicólogo. Él es ejemplo del hijo modelo: deportista, estudioso, la promesa de su generación y orgullo de sus padres, quienes sin problemas lo perfilan como el alcalde del mañana, en las fiestas de los distintos círculos sociales de los cuales son miembros.

Pese a eso, Cote es el joven más sólo de todos. Fuera de todas las ventajas y aptitudes que pueda tener para distintas áreas, lo que más ansía es dejar de ser el hijo del microondas, mientras su padre viaja por el mundo consiguiendo contratos para su gran empresa, a la par que su madre lucha contra la soledad jalando con el dealer de algún famoso de la televisión.


Pero estoy con él, siempre estoy con él. Soy su mejor amigo y quien más lo conoce. Por eso lo acompaño por última vez cuando decide saltar de su terraza. Incluso creo sentir pena cuando veo impactar su cabeza contra el cemento, como dice la canción: “cuando un amigo se va, queda un espacio vacío, que no lo puede llenar, la llegada de otro amigo...”



Cristobal tuvo el problema de nacer en una sociedad que no era para él. Nunca entendió bien, por qué su papá le partió el mentón de una patada cuando lo encontró jugando con las muñecas de su hermana. Pero al crecer, y conocer a su primer pololo, estaba convencido que su homosexualismo era la raíz de todo, condenado a vivir su amor en la clandestinidad del colegio de nombre rimbombante del que era alumno.


No le extrañó cuando, luego de encontrarlo junto a su novio besándose detrás del gimnasio, el director de su colegio llamara a su papá, para comunicarles la noticia de que en un establecimiento tan prestigioso, y que acogía a lo mejor de la sociedad, no se podía convivir con un enfermo como él, que reniega del plan de vida que Dios le había escogido y que, por favor, se lo llevaran lo más lejos posible antes que contagie a alguien más.


En esos momentos, cuando más me necesitaba, también estuve con Cristobal, porque eso es lo que un verdadero amigo hace: acompañarte en las malas y en las buenas. Mientras las lagrimas humedecían sus mejillas al recordar a su primer amor, o cuando su lengua sentía el sabor salado de su sangre seca en el costado de su boca. Cuando rezaba porque llegará alguien que lo entendiera, porque un superhéroe lo rescatara y lo sacara de su hogar y la incomprensión de su padre, el único que estuvo con él fui yo.


Lo sigo estando, ahora que estudia en la universidad de nombre rimbombante que su padre escogió para él. Cuando el estrés de tener que vivir una vida secreta lo agobia, o después que la gente lo apunta con el dedo y le grita “fleto de mierda”, desde la oscuridad de alguna esquina, amparados en la seguridad de creerse normales y con la facultad de hacer un poco más difícil la vida del resto.


Jóvenes como Natalia, Cote o Cristobal hay miles. Que crecieron con promesas de tiempos mejores, de igualdad y avanzar juntos como país. Lo cierto, es que ellos viven lejos del país de las maravillas que les prometieron sus padres, maestros o políticos. No les importa en salario mínimo, las media-aguas que un grupo de niños rubios construye para sentirse bien consigo mismos, o que a los ancianos les den una pensión mínima solidaría.


Porque cariño, comprensión, seguridad, respeto, no se puede comprar en ningún mall. Cuando comprenden eso, yo me convierto en su mejor amigo. Copete, alcohol, no importa el nombre que me den, siempre soy yo el que los ayuda a superar todos sus problemas. De mejor manera que cualquier terapeuta o persona que simula verdaderamente prestarles atención.


Lo dice el CONACE, cada vez tengo más amigos, cada vez desde más pequeños. Porque el mundo en el que les tocó vivir puede ser muy duro, porque buscan llamar la atención o simplemente por que así lo quieren, no importa la razón, yo los espero de brazos abiertos, porque un amigo nunca da la espalda, y siempre está ahí para hacerte olvidar los problemas.


Examen de Argumentativo. Por ahora, "nos vemos en el 13".