5/07/2008

Hey Brother! Welcome To Hell

Se fue el verano. Mientras la lluvia golpea constantemente el techo, el sol ya no brilla en mi ventana. Demasiados cambios y demasiado importantes, pero los tengo que debatir sola, tirada arriba de la cama mientras suena constantemente un melancólico disco de Portishead, sin que le importe a nadie más que a mi sistema nervioso, que cada 5 minutos me pide que le encienda un nuevo cigarro.

Para todo el mundo soy rara, al menos eso me da a entender mi madre, cuando papá le pregunta “cuándo le tocará a la Catalina”, mientras miran chochos como mi hermana Sofía prepara su casamiento. Ella, de la manera cariñosa que siempre la ha caracterizado le responde, “la Catita es…diferente, ya le tocará cuando esté bien”.

Lo peor, es que en Chile, ser diferente es sinónimo de estar loco, fue lo primero que le dejé claro a mi sicóloga, en uno de los intentos de mis padres de transformarme en el clon de mi hermana.

Cuando Josefa, mi loquera frustrada, trataba de hacerme entrar en razón de seguir con el “tratamiento”, le quité todo el entusiasmo vomitando un par de verdades: “Mi mamá vive pendiente de mi hermana porque se siente identificada con ella, las dos son el alma de la fiesta y todo el mundo las quiere cerca. Me habla solamente para decirme que se va a sus clases de yoga o para pedirme que la acompañe al gimnasio. Mi papá está todo el día pendiente de su celular y del trabajo. De llegar cada vez más alto en la compañía donde nadie sabía su nombre y ahora todo el mundo lo trata de Don”. Después de mirarme un rato con cara de sorpresa y pena, me recetó un frasco de prozacs que recibí sin problemas y no la volví a ver.

Fuera de mi casa no es distinto. El micrero no se detiene un segundo aunque sea para mirarme la cara mientras le pago el pasaje. Cuando quiero mirar por la ventana están todas rayadas, y si me salvo de eso, veo gente de todas las edades caminando como si un titiritero gigante los controlara. No sé en qué momento los usurpadores de cuerpo se tomaron el mundo, pero todo indica que ya nada puede hacerse.

El Rolo, lo más cercano que tengo a un amigo, dice que todo debería ser como en una película en blanco y negro que vio hace un par de semanas, donde unas hormigas gigantes se comían a todas las personas que no habían amado de verdad nunca. “Así Chile no estaría lleno de hijos de puta”, me cuenta mientras vemos una cuncuna subirse a un árbol de la U.

Si para todo el mundo soy invisible y no notan nada de lo que me pasa, para el Rolo es todo lo distinto. Supongo que somos dos bichos raros en donde todo el mundo vela por sus propios intereses y cómo cagarse al resto. Además, siempre tiene un discurso bizarro que de alguna manera me deja más tranquila. Luego de mi fracaso con Josefa, lo primero que me dijo fue “sería loco encontrar una persona cuerda hoy en día, viviendo esclavizados por la opresión capitalista y sus falsos valores preestablecidos y la creciente desnaturalización del ser humano”, no comprendí muy rápido lo que quiso decir, pero creo que fue algo bueno. Quizá no es raro ser rara después de todo.


Por Catalina Fuenzalida