
No, nunca vi Pelotón. Nunca me llamó la atención Pelotón. Ni siquiera cuando supe que una pendeja de 17 andaba mostrando las gomas recién operadas para ganar sus 5 segundos de fama. No sé quién ganó Pelotón, y a estas alturas no creo que mucha gente lo recuerde.
Lo único que puedo recordar de ese gran programa que TVN traía a nuestras pantallas, es al recluta Álvarez –¿alguien sabe cómo se llama?- y su tremendo corazón. Nunca estuve al tanto de lo que sucedía en el regimiento estudio, pero por todos lados me bombardeaban con las últimas hazañas del que creía, era el último hombre bondadoso en este mundo. Entiéndase bondadoso y no huevón, dos cosas totalmente distintas pero que cuando se refieren a este personaje pueden confundirse.
Y es que “el gordito simpático” como lo catalogó la prensa –dando por hecho que uno por ser gordo es pesado- se robo el corazón de todo el país con su simpleza, sencillez, y sus actos hacia el prójimo. Sin embargo, después todos se olvidaron de él o incluso se rieron cuando lo vieron en ese éxito de la tarde llamado Pasiones, buscando pareja.
Ahora, ese huérfano del bastardo mundo de la televisión a nadie le importa, incluso cuando parecía ser la encarnación del buen hombre descrito en el libro más en la historia de la humanidad.
Cuando pensé que una cosa así era para verla una sola vez en la vida, Amor Ciego me aplica un jab y me deja K.O.
Mario –no sé más de él- es la versión optimizada del recluta Álvarez, sólo que no tiene que partirse el lomo por seguir en un reality, y no entró para ser el gran G.I. Joe de la nación, sino “ganar” el amor de alguna chicoca te turno.
“Es que no puede ser más pobre huevón”, me dicen mis amigos cuando sale Mario, Super Mario, en la TV. Mario es sencillo. Es honesto. Tímido. Mario nos recuerda que aún queda gente honesta en el mundo. Lamentablemente, todos sabemos por qué está ahí.
Mientras a este galán le cuelga la baba por una de esas 3 mujeres profundamente elegidas para estar ahí, no hacemos otra cosa que reírnos de sus acciones, de sus disfraces, de sus palabras, de ese bigote mexicano pasado de moda y de sus mil y un intentos por conquistar a la mujer que le quita el sueño.
Pero este superhéroe tiene sus días contados. Mañana, pasado, Mario saldrá del encierro y, le exprimiremos todo el jugo que su ser contenga, nos reiremos de él en estelares, diarios, revistas, y al igual que con el gordito Álvarez, lo tiraremos al tacho de la basura, esperando que llegue otra rareza a hacernos sentir bien de no estar tan mal.
Porque finalmente, el entretenimiento en tevé se reduce a tetas, a ver la papada de Don Francis cada vez más cerca del suelo, y a hacer mierda los personajes que como sociedad, hemos creado para, como en un circo romano contemporáneo, reírnos mientras, lentamente, los vemos desangrar hasta perderse de los pocos canales que tiene la pantalla chica.


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