11/14/2007

Fútbol, ¡El Maldito Fútbol!


Pasión de multitudes. Comentario obligado en todos los noticieros, asados, cumpleaños e incluso, en la cerveza helada después del trabajo o la universidad. ¿Alguna vez pensó que existiera un hombre al que no le gustara el balompié? Si su respuesta es: “de qué diablos habla este cristiano”, continué leyendo.

¿Se ha imaginado inmerso en una selva, llena de caníbales que no hablan su idioma? Esa es la sensación que se apodera de mi cuerpo cuando estoy en compañía de los fanáticos del fútbol. Esos seres de todas las edades, estratos sociales, razas y creencias. Animales, sobre todo de sexo masculino, que tienen su propio lenguaje, costumbres y cábalas. Personajes que, aunque suene feminista, llegan al clímax al ver como 22 trogloditas persiguen una pelota como si su vida dependiese de ello.

¿Qué pasa por la mente de esas personas? ¿Qué significan todas esas palabras raras que sólo ellos comprenden? ¿Puede alguien que no le gusta el fútbol, maravillarse como tantos otros humanos a lo largo y ancho del mundo? Esas eran algunas de las preguntas que quería responder, adentrándome en la tribu más grande del planeta.

Viviendo como fanático
No hay algo que encuentre peor, que hacer zapping y ver deportes en todos lados. Exactamente las mismas imágenes, los mismos comentarios en distintas señales. Sin embargo, durante una semana me los vi todos, absolutamente todos. Desde el comentario desganado y latero de Mauricio Israel, hasta las graciosas peleas de los domingos por la noche en “Show de Goles”.

Cuando ya hablaba fútbol, entendía de algunos jugadores y qué equipos la estaban “llevando”, tenía que comenzar a vivir fútbol. Para eso tenía que respirar el aire de los fanáticos. No obstante, no me servía ir a un bar a ver un partido y respirar aliento a fanático pasado de copas, aunque hubiese sido una experiencia “sabrosa”. No, tenía que ir más allá.

De esta manera, concebí la idea de ir al estadio y llenarme de fanáticos. De gente distinta a mí. De ser minoría, repleto de cientos de personas que consideraba neo-neandertales en un coliseo romano. Así, mi objetivo estaba listo: ir al estadio a “disfrutar” de un partido de fútbol. El elegido, nada menos que Deportivo Temuco contra deportes Curicó. Encuentro que decidiría el futuro del plantel albiverde -ya hablo como fanático- en la segunda división, y que se jugaría el domingo 11, a las 6 de la tarde.

Apoyando al equipo
Otra de las cosas que no entiendo de los fanáticos del fútbol-soccer, es ese lujo de perder tiempo valioso, en ir a apoyar a sus equipos a los entrenamientos. Por eso, el día viernes 9 madrugué para ir a alentar al nuevo “club de mis amores”.


A lo lejos, podía divisar a los tipejos que tanto despreciaba, corriendo en el “campo de juego”. Cuando llegué a lo que parecían ser “butacas de cine” pero para fanáticos del fútbol, la cosa se puso complicada, muy complicada.

Nadie, absolutamente nadie me dijo que ir a ver los entrenamientos de un equipo al que uno no sigue, era como ir a meterse al Bronx en un Ferrari. Así, consumido por el miedo de adentrarme entre caníbales, caminaba lentamente hacia las “graderías”, esas butacas de palo, nada cómodas y donde nadie respeta tu metro cuadrado.

Ahí, el resto de los hinchas comenzó a intuir que algo andaba mal. Me miraron como diciendo: “y este pollo de aonde salió”, por lo que cabizbajo, y sabiendo que podían oler mi ignorancia “futbolera”, me senté lo más apartado posible. Mientras esos especímenes vestidos con buzos y zapatillas con resortes interestelares me comían con la vista. Por suerte, sólo con la vista.

Agárrala, tócala, métela
Después de pasar 5 minutos aferrado a mi mochila, comencé a respirar fútbol. A sentir la emoción de mis “pares”. A comprender su extraño idioma.

Así, entendí que frases como “agárrala wuon” quiere decir: Nicolás, recibe el balón. “Métela washo culiau” sería algo como: Gustavo Enrique, trata de afinar la puntería para que el balón penetre el arco. Y la verdad, es que al cabo de una hora ya podía hablar como cualquier hincha de años.

De esta manera, terminé incluso criticando a mi nuevo equipo. Diciendo frases impensadas como “oh, el chorizo malo”. “Ese portero tiene wena reacción washo” e incluso “shiaa, se te corrió el arco agilao”.

De esta manera estaba preparado para enfrentar mi siguiente prueba. Debía ahora sobrevivir a un partido en un estadio de fútbol. Acompañado ahora no sólo de 20 fanáticos ociosos, sino además, de cientos de hinchas que, en masa, se dirigirían a ver como Deportivo Temuco salía a “luchar por dejar de ser colista de la tabla de posiciones”. Para los que no nos gusta este deporte, eso quiere decir: salir a luchar por defender el poco honor que queda en juego.

Porque la familia volvió al estadio
Mi peregrinar al estadio Germán Becker es lento. Perdido. Como si no me convenciera de que realmente voy a ser un hincha más durante 90 minutos. Por lo que, como un cordero siguiendo un perro ovejero, me uno al resto de los fanáticos que con poleras y banderas se dirigen al recinto deportivo.




Cuando finalmente llego, casi me regreso a casa. Filas de personas esperando comprar sus entradas. Decenas de carritos de sopaipillas aromatizando el lugar. Gente corriendo de un lado a otro. Niños haciendo ruido y adultos chiflando para apurar el tránsito. Como dice una de las publicidades de mi equipo, “porque la familia volvió al estadio, todos a apoyar a Deportivo Temuco”. De haber sabido lo que me esperaba, hubiese tomado más de un par de Ravotriles.

Como buen chileno, no compré mi entrada con anticipación. Así que me encuentro haciendo una fila enorme para poder conseguirla, la “galucha”, que por oferta especial sale mil quinientos CLP -léase chilean pesos- y es 2x1. Cuando saco mi billetera alegremente, pensando que estoy haciendo el negocio de mi vida, me detengo un segundo para mirar a mi alrededor.

Como si de una mega-producción de Hollywood se tratara, me puedo ver desde arriba como un bebé en compañía de una jauría de hienas. Todas esas personas a las que, por prejuicios, les haría el “quite” en otro lugar, estaban junto a mí como si nada. Jóvenes con outfit flaite: zapatillas deportivas como de jugador de fútbol. Buzos deportivos como de jugador de fútbol y Jockeys y lentes deportivos como de jugador de fútbol en conferencia de prensa.

Extrañamente, y cuando pensaba que me iban a “solicitar” que les prestara mi billetera y mi celular, me sonríen y me entregan una hojita con un par de cánticos. Antes de que se puedan dar cuenta de que soy un infiltrado les respondo “wena compare”. Y es que, si algo rescato del deporte de la pelotita, es que une a un grupo diverso de personas, transformándolos en uno. Donde el Lavinista-Piñerista vestido con chalequitos Polo, tiene las mismas alegrías o penas que el trabajador de la “contru” que sacrifica la once del domingo por ir al estadio.

Así, acompañado de punkys, neo-hippies, familias, niños, abuelos, y después que un carabinero me manoseara sin siquiera invitarme una piscola, hacía mi triunfal ingreso al estadio. Por segunda vez, entraba a un recinto deportivo a ver un partido de fútbol en vivo y en directo.

Mientras caminaba camuflado como un hincha más, una señora me vio cara de preocupado y me dijo:
-¿Una bebidita joven?
-Bueno, me da una Coca-Cola, por favor
-Como no, ahí tiene mi joven, son seiscientos pesos no más, ute sabe, para apoyar al equipo- Y es que si algo me faltó aprender, es que un buen fanático nunca compra algo en el estadio que no sea su entrada y una sopaipilla en el entretiempo. Así que mordiéndome el labio, y seguro de que todas las personas me apuntaban con el dedo y se reían de mí, pagué el dinero, para apoyar a mi querido club.

“Porompompo, el que no salta es curicano maricón”
Cuando finalmente llegué a la galería, no podía evitar arrepentirme de estar ahí. Me faltó aprenderme todas las canciones para apoyar a mi club. No encontré asiento así que tuve que quedarme parado. Donde mirara, tenía el presentimiento de que me iban a agarrar y me recriminarían el ser un aparecido que jamás le ha gustado del fútbol.

Ahí estaba, a metros de Los Devotos, la barra oficial de Deportivo Temuco. Que me miraban y me alentaban a cantar junto con ellos mientras yo deseaba que alguien por favor me sacara y me llevara a un lugar más ameno. Como una sala de cine o una librería.

De un momento a otro, y sin que yo lo entendiera, todos los cientos de personas que estaban junto a mí comenzaron a saltar y gritar como si se hubieran ganado el Kino. De repente, y al lado de mi oreja, comienzan a gritarme “gol conshetumadre, gol culiao, gol mierda, gol weones”, y de una sola bocanada de aire. Un verdadero y perturbante logro.

Luego, uno de mis acompañantes que me ayudaba a camuflarme en la fauna futbolística me dice: “celebra weon, o van a pensar que eris de Curicó y hasta ahí llegaste”, por lo que borré mi cara de aburrimiento y comencé a sonreír. Esa es otra cosa que comenzaba a entender del fútbol, todos los presentes actuaban como uno solo. Si uno se reía todos se reían. Si uno se quejaba o insultaba a un jugador, todos lo hacían.

Por suerte, después de 90 y tantos minutos de estar parado, escuchando gritos, ver a 22 jugadores correr detrás de una pelota y cientos de personas gritar y alentarlos como si estuviesen descubriendo la cura para el cáncer, todo llegó a su fin. Podía volver a la normalidad, a hacer todo lo posible para que el deporte que mueve millones de fanáticos a nivel mundial no me afectara.

De esta bonita experiencia, puedo sacar como conclusión de que se trata de una sana entretención, después de todo. Que cualquier persona puede ser hincha del fútbol y divertirse acudiendo al estadio o viendo los partidos por TV. Sin embargo, para quienes no disfrutan del deporte de la pelotita, tratar a la fuerza de agarrarle cariño es una verdadera tortura. Como dicen las mujeres “pelando” a sus esposos: “no le encuentro la gracia a ver 22 pelotudos perseguir una pelota de un lado a otro”, pues yo tampoco, pero al menos puedo decir que lo intenté.


11/05/2007

Andar en bus

Andar en tren, andar en tren
Es de lo mejor, es de lo mejor...


Recuerda alguien esa canción? El pasado jueves la canté mentalmente con mucha nostalgia.

Tengo flashbacks de pequeño, viajando en tren desde la estación de Santiago hasta Victoria o Temuco (tenía 3 o 4 años así que la memoria puede fallar). Me veo caminar por los pasillos de los vagones de la mano de mi padre, mirando hacia arriba a toda la gente grande.

Por alguna razón es un recuerdo bonito que, pensé, podría revivir cuando volvió el tren al sur y su estación quedó a pocos metros de mi casa en Puerto Montt (ciudad del sur de Chile con una fauna abundante y salvaje de población flaite). Sin embargo, ahora el recinto de EFE (Eficientes Ferrocarriles del Estado) se encuentra botado y con menos rating que la actual SCA (no así ECDLC)

A que viene todo esto? Puta madre que es penca viajar en bus. Y si eso es penca, que no se les ocurra viajar en bus para un fin de semana largo.

Eso meditaba en el transporte que me llevaba camino a mi hogar este fin de semana largo. Un adrenalínico viaje que debería durar 5 horas, pero que terminó durando 6 y media. Parando en cada lugar posible, como micro de campo, y con gente llenando incluso el pasillo y consumiendo desesperadamente el tan valioso oxígeno.

Ahí vienen los mitos urbanos. Eso de que al menos una vez en la vida, la mujer de tus sueños se va a sentar junto a ti en el bus. Que al menos una vez te tocará viajar con un evangélico, un ex-presidiario, un futuro político o un anciano borracho.

Otra de las cosas que nadie puede escapar en los viajes en buses es el niño "enfermo de la guatita". Qué tiene los niños que vomitan en los buses!!!. Ahí estaba yo, deseando haber tomando un par de ravotriles mientras un hiperquinético chavalin corría de un lado a otro, haciendo ruidos, gritando "mami mami" y moviendo su cabeza de un lado a otro. 5 minutos después, mami iba con la criatura camino al baño, a devolver el almuerzo.

Obvio que el bus quedó pasado a vómito. Ni siquiera ese vomito de borracho que aún conserva ese dejo de alcohol que lo hace, por lo menos, estimulante o gracioso, sino que ese vomito infantil, con pedazos de carne mal masticada, blanco y rancio.

Por qué no mandan a esos niños en ayuna, para que aprendan. Qué va a pasar cuando ese mocoso hinchapelotas sea un joven ejecutivo de terno y corbata, va a andar vomitando por todos lados su traje porque nadie le enseño a endurecer la guata?

Por otro lado, nunca me han punteado más salvajemente que en un bus, hay que decirlo. Desgraciadamente, siempre debo viajar en pasillo porque o si no, no entro, y siempre, siempre que alguien va al baño tiene la delicadesa de mandarme o un culaso, o ponerme todo lo que es penca cerca de la cara. Está bien que los pasillos sean pequeños pero paren la huevadita, por favor. Y si tienes que ir al baño cuando el bus va repleto... suerte, cierra boca, ojos, tapate las orejas, ponte un cuaderno en la raja y que la fuerza te acompañe.

Evangélicos, borrachos, futuros políticos, la verdad es que el jueves no me tocó viajar con ninguno de ellos. Por el contrario, tuve que viajar con una de las pocas mujeres que Cuestión de Peso no aceptó en su programa -o bien se escapó de éste-. Una femina que no se molesto en ocupar su asiento sino que además, y de manera poco coqueta y sin invitarme siquiera una piscola, también ocupó parte del mio.

Una "pequeña" golosa que antes que salieramos de Temuco ya estaba comiendo su "wen" sangurucho y aplicandole su clásica Coca-Cola, eso sí, light, porque ese cuerpo de diosa argenta hay que cuidarlo.

Qué tiene la gente que por corto o largo que sea el viaje tiene que llevar su "cocaví" para el camino? Cuál es el problema de estar sin comer un par de horas -sé que estoy un poco subido de peso pero no es porque coma mucho, soy de "huesos anchos"-. Metale panes, metale chocolates, papas fritas, bebida e incluso, metale su pollo asado, total, que mejor manera que compartir con el resto de los pasajeros que dejándole su "wen" olor pollo a lo largo del, ya sin aire, medio de transporte.

Así, a mitad del viaje y después de que mi compañera de asiento se comiera todo lo que entraba en su cartera, empezó con otro tic aún peor: comerse las uñas. Xuxesumadre!!! que cosa más enfermante que ir escuchando los dientes de una mujer crujir, mientras como si uno fuera huevón y no se diera cuenta, escupe los pedasos de uña y se limpia las manos en el asiento.

Por suerte, en una de nuestras tantas paradas subió un vendedor de maní para solucionar la situación.
-Maní dama?
-Sí, dos por favor-
-Sirvase dama

Cuando pensé que esa hembra estaba necesitaba de cariño y me iba a ofrecer maní, ya iba abriendo el segundo paquete y bajándolo rapidamente por su garganta. Como si la escena no fuese lo demasiado traumante, continuo comiendose las uñas el resto del viaje hasta Osorno, momento en que descendió -gracias a Dios- y subió una hermosa jovenzuela rubia, de ojos verdes y zapatillas naranjas.


De un momento a otro, comenzaba a creer que era verdad ese mito de que alguna vez la mujer de tu vida se sienta contigo en un bus. La guapa mujer camino hacia mi lugar y yo no podía quitarle la vista de encima. Cuando ya la tenía cerca y sentía que, mientras el tiempo se detenía, me decía "Esta ocupado ese aciento?", ella se percató de los paquetes de maní, el papel con migas y la bebida de litro y medio.

Al parecer se hizo una mala impresión de mí. Después de mirarme con desaprobación se fue y se sentó por otro lado, en compañia de un universitario con musculosa. Sí Arjona, no sé quién las invento, no sé quién nos hizo ese favor, definitivamente tuvo que ser Dios.

Pd:
  • Gracias por leer
  • Qué Halloween más fome!!
  • Recomendaciones:
  1. Tome: Adormix por las noches para dormir tranquilo, o quédese despierto después de ingerirlo y pase una noche, por decirlo menos, "interesante".
  2. Desayune: ravotril, para sobrevivir a la fauna pelolais-hueca-ajena de la universidad.
  3. Vea: 1408 que está muy buena, con John Cusack y Samuel L. Jackson. Superbad también está buena aunque no me agrado el final, recomendada para público masculino. (chistes de penes y esas cosas)
  4. Escuche: el podcast, que viene con varias cosas bonitas como Creedence Clearwater Revival, Kim Carnes y Fracisca Valenzuela.
  5. Lea: El especial "pendejos" de The Clinic, que hasta ahora me ha sacado varias risas. (en especial la historia de Willy Sabor).
  6. Coménteme: qué tal Road Story, novela gráfica de Alberto Fuguet que tengo intenciones de comprar ,pero no sé de nadie que ya lo haya hecho.
  7. Alucine: Mirando el cielo cuando está despejado. Desde el celeste de las 4 de la tarde al naranjo-rojizo de las 7 y tanto. También con la luna y las estrellas cuando ya avanza la madrugada.
  • Hasta la próxima.